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¿Ahora sí se cae? El comunismo cubano está en sus últimas y Trump puede ser el empujón final

¿Ahora sí se cae? El comunismo cubano está en sus últimas y Trump puede ser el empujón final

Yo creo que ese momento se acerca. Y esta vez tengo más razones que nunca para creerlo.

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Por Yan Estrada | Director y creador de UHN Plus

La pregunta que más me hacen, en los comentarios de UHN Plus, en la calle, en entrevistas, en los grupos de WhatsApp de amigos y conocidos, siempre es la misma: "Yan, ¿ahora sí se va a caer el comunismo en Cuba? ¿Cuándo le va a meter mano Trump?"

Y yo entiendo de dónde viene esa pregunta: Viene del cansancio de 67 años esperando que ese régimen se caiga por su propio peso. Viene de haber visto cómo sobrevivió la caída de la Unión Soviética, cómo sobrevivió el Período Especial, cómo sobrevivió el 11J, y cómo sigue ahí, tambaleándose, pero aferrado al poder. Entonces la gente pregunta con esperanza y con escepticismo al mismo tiempo.

Mi respuesta hoy es diferente a lo que hubiera dicho hace apenas cinco años: sí, creo que el régimen cubano está en sus últimas. Y no digo esto por deseo ni por emoción. Lo digo porque son hechos, son datos. Y Donald Trump, con su política de presión máxima ejecutada de verdad en este segundo mandato, puede ser exactamente el catalizador que termine de derrumbar lo que la ineptitud y la corrupción comunista ya resquebrajaron por dentro.

Vamos por partes.

¿Por qué ahora es diferente a las otras veces que "se iba a caer"?

Esta es la primera pregunta que hay que responder con honestidad, porque la diáspora cubana lleva décadas anunciando el fin del régimen y el régimen lleva décadas sobreviviendo. Entonces, ¿qué hace diferente este momento?

Tres cosas fundamentales que nunca habían coincidido juntas con esta fuerza.

Primero: el colapso energético ya no tiene arreglo dentro del modelo actual. Cuba opera hoy con un déficit eléctrico estructural brutal. La demanda en horas pico llega a los 3,000 megavatios y el sistema apenas genera alrededor de 1,200 o 1,300 en sus mejores momentos. Eso es un déficit de más del 50 por ciento que no se resuelve con parches ni con discursos. Las termoeléctricas cubanas son chatarra soviética de los años setenta y ochenta que nadie ha modernizado, porque el Estado no tiene capital y, sobre todo, porque el comunismo no permite inversión privada real ni competencia. En 2025 y lo que va de 2026 hemos visto colapsos nacionales repetidos, apagones de 18 a 36 o más horas en muchas provincias, hospitales cancelando cirugías, agua que no llega porque no hay combustible para las bombas, y basura acumulándose en las calles. Esto no es una crisis coyuntural. Es un sistema que se murió y que el régimen mantiene con respiración artificial mientras le echa la culpa al "bloqueo".

Segundo: Venezuela, el salvavidas histórico, ya no existe. Durante más de dos décadas, el petróleo venezolano de Chávez primero y de Maduro después fue el oxígeno artificial que mantuvo viva la economía cubana. Todavía en 2025 llegaban unos 26,000 barriles diarios. Pero en 2026, tras la intervención estadounidense que sacó a Maduro del poder, ese flujo se cortó de raíz. Ya no hay quién le envíe petróleo subsidiado a La Habana. México intentó suplir algo, perocon Trump en la Casa Blanca eso también tiene fecha de vencimiento. El régimen se quedó sin la enfermera que lo mantenía con vida. Y eso, compay, duele.

Tercero: la generación que creció con internet no tiene miedo, y el descontento no para. El 11 de julio de 2021 demostró que algo cambió para siempre en el ADN de la resistencia cubana. Miles salieron a la calle en más de 40 municipios gritando "Libertad" y "Patria y Vida". El régimen reprimió, encarceló a más de 1,400 personas y muchos siguen presos hoy. Pero la semilla quedó sembrada. En 2025 se registraron más de 11,000 protestas, quejas y manifestaciones contra el régimen. En 2026 hemos visto cacerolazos en La Habana, protestas en varias ciudades, y en Morón, gente que llegó a atacar y vandalizar una sede del Partido Comunista, harta de los apagones y el hambre. El miedo ya no es el de antes. Y una vez que se pierde, no vuelve igual.

Esas tres cosas juntas —colapso energético irreversible, pérdida total del patrocinio venezolano y un pueblo que ya perdió el miedo— nunca habían ocurrido al mismo tiempo con esta intensidad. Por eso hoy es diferente.

¿Y Trump? ¿Qué está haciendo realmente?

Aquí es donde la conversación se pone interesante, porque hay dos extremos que hay que evitar: el optimismo ingenuo de creer que Trump va a mandar los marines y en una semana Cuba es libre, y el pesimismo paralizante de decir que Estados Unidos nunca ha podido con Cuba y nunca podrá.

La verdad está más cerca del primer extremo de lo que muchos quisieran admitir.

Trump ya demostró en su primer mandato que la política de presión máxima funciona como herramienta de asfixia económica. Pero en este segundo mandato, que arrancó en enero de 2025, no se quedó en palabras. Llegó con Marco Rubio como Secretario de Estado —hijo de exiliados cubanos y uno de los políticos más duros contra el castrismo que ha habido en Washington— y ha ejecutado una campaña de presión real: endureció las sanciones financieras, reactivó el Título III de la Ley Helms-Burton generando demandas contra empresas extranjeras que hacen negocios con propiedades robadas, volvió a poner a Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo, y —lo más efectivo de todo— impuso restricciones reales al envío de combustible que han llevado el sistema eléctrico cubano al borde del colapso total.

El régimen puede seguir gritando "bloqueo" hasta quedarse sin voz. Pero la realidad es que su modelo dependiente y parasitario se está quedando sin oxígeno. Trump no necesita invadir nada. Le basta con seguir apretando donde duele: el combustible, las finanzas, las remesas que van a parar al Estado, y la presión diplomática para que nadie salga a rescatar a La Habana.

¿No han fracasado siempre las sanciones contra Cuba?

Esta es la pregunta del escéptico, y merece una respuesta seria porque es legítima.

Las sanciones por sí solas no han derrocado al régimen, eso es verdad. Pero las sanciones no son una varita mágica: son un instrumento de presión que funciona en combinación con otros factores. Y lo que ha cambiado es que hoy esos otros factores están todos alineados contra el régimen por primera vez en la historia.

Pensemos en Sudáfrica. El apartheid no cayó solo por las sanciones internacionales, pero sin esas sanciones hubiera durado mucho más. Las sanciones asfixiaron la economía, aceleraron la crisis interna y crearon las condiciones para que el régimen racista no tuviera salida. Cuba no es Sudáfrica, pero el principio es el mismo: las sanciones solas no bastan, pero sin ellas el proceso tarda el doble.

Y hay un factor que el régimen cubano nunca había enfrentado con esta fuerza: la emigración masiva e imparable. Desde 2021 y 2022, más de un millón de cubanos han abandonado la isla, muchos hacia Estados Unidos, otros hacia distintos países. Eso es casi el diez por ciento de la población votando con los pies. Cuando la gente se va en esas proporciones, lo que está diciendo es que ya no cree que las cosas vayan a mejorar. Esa es la señal más honesta del estado de un régimen: la gente que decide irse sabiendo que probablemente no volverá a ver a su familia.

El comunismo cubano: un modelo que no tiene arreglo

Hay que decirlo sin anestesia y sin diplomacia innecesaria: el modelo comunista cubano no tiene solución dentro de sus propias reglas. No es que le falte una reforma aquí o un ajuste allá. Está diseñado desde la raíz para concentrar todo el poder en una élite parasitaria y para bloquear cualquier mecanismo que permita la prosperidad individual.

¿Qué tiene Cuba que funcionaría si se liberara? Tierra fértil, posición geográfica privilegiada, población educada, y está a 90 millas del mercado más grande del mundo. ¿Qué le falta? Exactamente lo que el comunismo destruye: libertad económica, propiedad privada, Estado de derecho, acceso real a capital y un sistema judicial independiente.

El Índice de Libertad Económica 2026 de la Fundación Heritage ubica a Cuba con 25.2 puntos sobre 100, en el puesto 175 de 176 países evaluados, al nivel de Venezuela y rozando a Corea del Norte. Eso no es una opinión. Es una medición con metodología publicada y verificable.

Y mientras el comunismo siga ahí, da igual cuánta ayuda reciba del exterior o cuántos turistas lleguen a quemarse en Varadero: la economía no va a funcionar. La libertad económica no es un capricho ideológico de la derecha. Es la condición mínima para que una sociedad prospere. Siempre lo ha sido.

Estados Unidos lo sabe. Por eso la presión de Washington no es solo sanción económica. Es también el modelo alternativo, la demostración viviente a 90 millas de lo que puede lograr una sociedad que apuesta por la libertad individual, el mercado y el Estado de derecho. Miami, con su economía dinámica y su comunidad cubana próspera, es el argumento más poderoso contra el castrismo que existe. No necesita discursos. Solo necesita existir.

¿Cuándo? La pregunta que nadie puede responder con certeza, pero sí con lógica

Voy a ser honesto porque te lo debo: nadie puede darte una fecha. El que te diga que el régimen cae en seis meses o en dos años está improvisando. Los regímenes totalitarios tienen una capacidad de resistencia que desafía las predicciones, porque están dispuestos a hacer lo que ningún gobierno democrático puede hacer: disparar contra su propio pueblo, encarcelar a sus mejores ciudadanos y sacrificar el bienestar de toda una nación con tal de mantenerse en el poder.

Pero la lógica sí nos dice algo muy importante: un régimen que no puede dar luz, que no puede alimentar a su gente, que está perdiendo a su población a un ritmo histórico, que perdió a su principal patrocinador regional y que enfrenta la presión más sostenida y efectiva de Washington en décadas, ese régimen está operando en tiempo prestado.

La pregunta ya no es si va a caer. La pregunta es cuándo y cómo. Y eso depende de variables que todavía están en movimiento: cuánto aguanta el régimen sin el petróleo venezolano, qué tan firme sigue Trump, si China o Rusia deciden apostar fuerte por Cuba o simplemente seguir haciendo negocios convenientes sin comprometerse de verdad, y sobre todo, cuándo el pueblo cubano decida que ya fue suficiente.

El 11J nos demostró que ese momento puede llegar de golpe, sin avisar, como pasó en Europa del Este en 1989. Nadie predijo que el Muro de Berlín caería en noviembre de ese año. Cayó porque las condiciones estaban dadas y solo hacía falta la chispa.

En Cuba, las condiciones están más dadas que nunca. Y con Trump en la Casa Blanca ejecutando presión real, y Rubio en el Departamento de Estado con el expediente cubano tatuado en el alma, la chispa tiene más posibilidades de prenderse que en cualquier otro momento de los últimos 30 años.

Conclusión: esta vez sí huele a final

Llevo años cubriendo Cuba desde UHN Plus y he aprendido a no hacer promesas fáciles sobre la libertad cubana. Cada vez que alguien anunció el fin del régimen, el régimen encontró la manera de sobrevivir un poco más, aferrado al poder y a la represión como única herramienta.

Pero esta vez hay algo diferente en el aire. No es optimismo de diáspora. No es deseo disfrazado de análisis. Es que los pilares que sostenían ese sistema se están cayendo al mismo tiempo: la energía, la economía, el patrocinio externo, la cohesión social y el miedo.

El comunismo cubano no se cayó cuando murió Fidel. No se cayó con el 11J. Pero cada uno de esos golpes lo dejó más débil, más solo, más desprestigiado ante su propia gente y más expuesto en su miseria deliberada.

Trump no va a liberar a Cuba con un decreto. Pero puede ser el peso adicional —y muy pesado— sobre una estructura que ya está agrietada hasta los cimientos. Y en algún momento, como con cualquier edificio que se cae, no hace falta un terremoto. Basta con el empujón correcto en el momento correcto.

Yo creo que ese momento se acerca. Y esta vez tengo más razones que nunca para creerlo.

Cuba libre no es un sueño. Es una cuestión de tiempo.

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