El devastador terremoto de magnitud 7,1 que sacudió la prefectura de Kumamoto, en la isla de Kyushu, deja un balance preliminar de al menos 18 personas fallecidas y cientos de heridos. El seísmo, registrado a solo 16 kilómetros de profundidad y que alcanzó la intensidad máxima de 7 en la escala japonesa, desató el colapso de infraestructuras críticas, cortes de suministros y múltiples incendios, movilizando de inmediato una respuesta de emergencia a escala nacional.

Las labores de búsqueda se concentran en dos puntos críticos: un centro comercial de la cadena Aeon que sufrió una potente explosión posterior a las sacudidas atribuida a fugas de gas, y las instalaciones de la empresa Nippon Paper Industries en Yatsushiro, donde el derrumbe de una enorme chimenea sepultó a varios operarios. La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, confirmó la movilización de más de 4.600 soldados de las Fuerzas de Autodefensa, 2.000 policías y 1.400 bomberos para intervenir en la zona afectada.
"Han transcurrido más de 20 horas desde el desastre, pero aún hay personas esperando ayuda y es una verdadera carrera contrarreloj. Estamos evaluando la situación para continuar aumentando personal y equipo", manifestó Takaichi durante una rueda de prensa.

La emergencia sanitaria ha desbordado los centros de salud locales. Instituciones como el Yatsushiro North Community Medical Center y el hospital Saiseikai Kumamoto han atendido a cientos de ciudadanos golpeados por el desplome de estructuras y mobiliario, al tiempo que casi 9.000 personas han tenido que ser trasladadas a refugios temporales y miles más pernoctan en sus vehículos por temor a las más de 60 réplicas registradas. Asimismo, la paralización del transporte masivo, la suspensión de operaciones en aeropuertos y la evacuación preventiva de plantas de alta tecnología como Sony y TSMC reflejan el fuerte impacto económico en la región, aunque las autoridades confirmaron la seguridad de las instalaciones nucleares.
A pesar de la virulencia del fenómeno, los analistas y organismos de respuesta destacan que la estricta normativa antisísmica de Japón y sus avanzados sistemas de aislamiento en edificaciones redujeron drásticamente el potencial de mortandad. El desastre reaviva la memoria histórica de Kumamoto, golpeada en 2016 por una cadena de sismos que cobró más de 200 vidas, reafirmando los retos continuos que afronta la nación asiática al ubicarse sobre el Anillo de Fuego del Pacífico.
(Con información de EFE y El Mundo)