La eliminación de Ali Khamenei en los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel sacudió los cimientos del régimen iraní, pero la dictadura teocrática aún no ha caído. A un día del golpe, el presidente Donald Trump analiza los próximos pasos para concluir una operación que podría redefinir el equilibrio de poder en Medio Oriente.
Desde Mar-a-Lago, donde pasó la noche tras confirmar la muerte del líder supremo, Trump se reunió con su equipo más cercano: el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth, la jefa de Gabinete Susan Wiles y el director de la CIA John Ratcliffe, entre otros. La eliminación de Khamenei fue considerada el primer paso para desmantelar la dictadura de los ayatollahs. Pero ahora comienza la fase más delicada.
Primer dilema: la sucesión en Teherán
El primer interrogante es quién asumirá el control del régimen. Entre los nombres que circulan aparecen Mojtaba Khamenei, hijo del líder abatido, y Ali Larijani, actual figura clave del Consejo Supremo de Seguridad Nacional.
Analistas en Washington estiman que cualquiera de los posibles sucesores podría optar por una respuesta militar contundente para reafirmar autoridad interna. La creación de un consejo de liderazgo interino ya fue anunciada desde Teherán, lo que sugiere que el régimen intenta evitar una fractura inmediata.
Sin embargo, la postura de la Casa Blanca parece clara. Trump ya advirtió que no habrá tregua hasta lograr la rendición incondicional del régimen. En un mensaje directo a las fuerzas iraníes, afirmó:
Depongan las armas y gozarán de inmunidad total, o enfrentarán una muerte segura.
La estrategia, según fuentes cercanas al gobierno, apunta a mantener presión constante para impedir que la dictadura se reorganice.
Segundo dilema: la represalia del régimen
El segundo desafío es la respuesta de Irán. La Guardia Revolucionaria prometió una ofensiva “más feroz que nunca”, lo que alimenta la preocupación sobre posibles ataques asimétricos, incluidos atentados terroristas fuera de la región.
Históricamente, el régimen iraní ha operado a través de redes internacionales. Los atentados de 1992 y 1994 en Buenos Aires, atribuidos a Hezbollah bajo dirección iraní, son recordatorios de esa capacidad.
Ante este escenario, se activó una coordinación de inteligencia entre Israel, aliados árabes y países del G7 para anticipar posibles ataques. Trump respondió con firmeza a las amenazas:
Si atacan, responderemos con una fuerza nunca antes vista.
La advertencia refleja la doctrina del presidente republicano: disuasión máxima y respuesta contundente ante cualquier agresión.
Tercer dilema: la reacción del pueblo iraní
El tercer elemento, y quizás el más impredecible, es la movilización interna. Trump ha señalado que el objetivo final no es solo debilitar militarmente al régimen, sino facilitar un cambio político desde dentro.
En su mensaje tras la ofensiva, el presidente sostuvo:
Cuando hayamos terminado, tomen el control de su gobierno. Probablemente sea su única oportunidad en generaciones.
Sin embargo, el temor a la represión sigue presente en las calles iraníes. Las recientes protestas fueron sofocadas con violencia bajo órdenes del propio Khamenei. Ese antecedente pesa sobre una sociedad que ha mostrado descontento creciente pero que enfrenta un aparato de seguridad todavía activo.
Una guerra que redefine el tablero regional
La caída de Khamenei abre una etapa inédita. La dictadura iraní perdió a su figura central, pero mantiene estructuras como la Guardia Revolucionaria que podrían intentar sostener el sistema.
Para Trump, la ecuación combina presión militar, aislamiento internacional y estímulo a la movilización popular. El presidente ha dejado claro que no retrocederá hasta neutralizar definitivamente la amenaza que representa el régimen iraní.