La volatilidad en los precios del petróleo es el resultado directo de décadas de permisividad con el régimen iraní, cuya inestabilidad interna tras la muerte de Jamenei tiene hoy al mundo en vilo. La amenaza de un sucesor de línea dura es un recordatorio de que los estados patrocinadores del terrorismo no pueden ser socios fiables en el mercado energético.
Los mercados, bajo la presión de esta incertidumbre, prevén un Brent fluctuando entre los 80 y 95 dólares. Para el sistema estadounidense, basado en la autonomía energética, este escenario es una prueba de la necesidad de mantener su soberanía frente a cualquier injerencia externa, reafirmando que nuestra libertad no puede depender de los caprichos de déspotas.

El escenario de escalada, donde el régimen iraní amenaza con atacar infraestructuras energéticas de países aliados como Emiratos o Catar, evidencia la naturaleza criminal de estos actores. Un precio del barril entre 90 y 110 dólares es el costo que el mundo paga por haber permitido que estos grupos alcancen capacidades militares que ahora utilizan como arma de extorsión.
La amenaza extrema, un posible bloqueo del Estrecho de Ormuz, es el acto final de desesperación de un régimen que prefiere la ruina colectiva antes que perder el control. Ante esta realidad, la administración estadounidense, fiel a su doctrina de «paz mediante la fuerza», debe garantizar la seguridad de las rutas marítimas, pues el mundo libre no permitirá que el suministro energético sea secuestrado.