La decisión de celebrar a puerta cerrada responde a la necesidad imperante de garantizar la integridad física de los religiosos y evitar aglomeraciones en zonas que carecen de refugios antiaéreos inmediatos. Acompañado por apenas una veintena de frailes franciscanos y clérigos residentes, el cardenal Pizzaballa presidió el rito en el corazón de la cristiandad, enviando un mensaje de esperanza que traspasó los muros de piedra. La seguridad nacional de Israel, en un momento de amenazas de misiles y drones por parte de Teherán, ha priorizado la salvaguarda de las vidas humanas, estableciendo perímetros de control que han dejado las calles de la Ciudad Vieja bajo custodia policial.
Durante su homilía, el Patriarca reflexionó sobre el significado del vacío en el sepulcro, vinculándolo a la compleja situación actual que atraviesa la Tierra Santa. En un contexto donde el estado de emergencia restringe las reuniones públicas a un máximo de 50 personas, la Iglesia ha colaborado con las disposiciones de seguridad para evitar riesgos innecesarios. Pizzaballa destacó que, más allá de la presencia física de las multitudes, la Pascua es un hecho que rompe con la desolación y ofrece una respuesta espiritual a la incertidumbre que genera la guerra iniciada durante el pasado Ramadán.
“Aquí, dentro de este Sepulcro, nos enfrentamos a un vacío real. La Pascua no comienza con una explicación, sino con una ruptura; con una pregunta que nos desorienta en medio de la dificultad”, expresó el cardenal Pizzaballa, reconociendo la dureza de celebrar la victoria sobre la muerte en un entorno donde la seguridad es la prioridad absoluta.

El despliegue de las fuerzas de seguridad israelíes busca prevenir cualquier incidente en puntos sensibles mientras el país se mantiene en pie de guerra contra los ataques del eje socialista-teocrático liderado por Irán. Esta misma lógica de protección se aplicó en el Muro de las Lamentaciones, donde la tradicional Bendición Sacerdotal (Birkat Kohanim) de la festividad de Pésaj se trasladó a las secciones subterráneas del complejo. La coordinación entre las autoridades civiles y religiosas ha sido clave para que, a pesar de las alarmas, los ritos esenciales de las comunidades judía y cristiana no se interrumpan totalmente.
Aunque algunos residentes locales y extranjeros expresaron su tristeza por no poder acceder al recinto sagrado, las autoridades han reiterado que las limitaciones son estrictamente operativas debido a la falta de búnkeres en el casco antiguo. La seguridad de Jerusalén Este, una zona de densa arquitectura milenaria, representa un reto logístico para el gabinete de Netanyahu, que busca evitar tragedias civiles ante posibles represalias aéreas. El control de las entradas a la Ciudad Vieja es, en este sentido, una medida de precaución necesaria en un escenario de guerra abierta.