La España de Pedro Sánchez ha decidido que su mejor política de futuro es dejar de existir. Los datos del informe del Observatorio Demográfico del CEU CEFAS, publicados el pasado 22 de marzo, son la consecuencia lógica de un plan de desmantelamiento nacional ejecutado desde la Moncloa. Mientras los jóvenes españoles son expulsados del mercado de la vivienda y la natalidad autóctona se pudre en el olvido, el Gobierno celebra que uno de cada nueve bebés nazca en hogares que no comparten las raíces culturales ni democráticas españolas. No es "diversidad"; es una rendición incondicional disfrazada de progresismo que conduce al país a un colapso demográfico sin precedentes.

La reciente regularización masiva de medio millón de ilegales es la estocada final a la cohesión social. Sánchez no solo permite la entrada de una cultura que en sus vertientes más radicales desprecia la libertad de la mujer y el orden constitucional, sino que además obliga al contribuyente español a pagar la factura de su propia sustitución. Mientras los servicios públicos colapsan en Murcia, Almería o Lérida, el sanchismo utiliza el dinero de todos para alimentar un "efecto llamada" que ya es celebrado por las mafias y los sectores más oscurantistas del Magreb.
"Sánchez es el arquitecto de la disolución de España. Prefiere importar una nueva sociedad que apoyar a la familia española. Ha convertido a la nación en una ONG de fronteras abiertas mientras nos entrega, barrio a barrio, al irredentismo islámico", denuncian desde las filas de la oposición ante el silencio cómplice del Ejecutivo.
La traición es doble porque, además de demográfica, es ideológica. El mismo Gobierno que se dice "feminista" mira hacia otro lado mientras se consolidan sociedades paralelas donde la ley de la calle la dicta el imán de turno. Sánchez ha comprado el discurso de la "islamofobia" para amordazar a quienes alertan del riesgo real de islamización y de la pérdida de libertad en las ciudades españolas. Su sumisión ante Marruecos (el país que reclama Ceuta y Melilla y que ahora ve cómo su población crece exponencialmente dentro de las fronteras) es la prueba de que el actual Gobierno ha renunciado a la soberanía nacional a cambio de una supervivencia política agónica.

Mientras el mundo civilizado, de la mano de líderes como Donald Trump, entiende que la seguridad y la identidad son los pilares de una nación, Sánchez arrastra al país al suicidio colectivo. El socialismo ha decidido que la España del mañana no debe parecerse a la de los antepasados, sino a un protectorado multicultural donde los valores occidentales sean una minoría sitiada. El "No a la guerra" de Sánchez (especialmente ahora que su rostro aparece en los misiles de la Guardia Revolucionaria de Irán) es, en realidad, un "No a España"; una negativa a defender lo que es el país para convertirse en el títere útil de una transformación demográfica que volverá a los españoles en extranjeros en su propia tierra.