Compañías como MizarVision y Jing’an Technology, que operan bajo la estricta supervisión del Estado socialista, han inundado las redes con datos precisos sobre el despliegue de portaaviones y el posicionamiento de sistemas de defensa antimisiles en Oriente Medio. Mediante el análisis de datos de código abierto y señales satelitales, estas firmas han logrado "exponer" los patrones de reabastecimiento de unidades de élite como el USS Gerald R. Ford, comprometiendo la operatividad de la Operación Furia Épica.
Pekín, fiel a su estilo de simulación diplomática, intenta presentarse como un "pacificador" mientras sus empresas (muchas de ellas con certificación militar nacional) sacan provecho del caos. Esta estrategia de integración civil-militar impulsada por el PCCh busca borrar la línea entre el comercio y el espionaje, permitiendo que la dictadura china proporcione inteligencia crítica a sus aliados ideológicos, como el régimen teocrático de Irán o la Rusia de Putin, manteniendo una "negación plausible". No es solo negocio; es una guerra informativa diseñada para erosionar la capacidad de respuesta de Washington en cualquier rincón del planeta.
“En el período previo a la escalada en Irán en 2026, identificamos rápidamente la ubicación de armas y equipos desplegados y expusimos los patrones de reabastecimiento de los portaaviones estadounidenses”, alardeó Mizar Vision en su portal.
Estados Unidos respondió con el Comité Selecto sobre China, el cuál ha denunciado que el ecosistema tecnológico socialista está convirtiendo la IA en una herramienta de vigilancia en tiempo real sobre las tropas estadounidenses. Para los legisladores, no se trata de una competencia comercial legítima, sino de un asalto frontal donde Pekín utiliza incluso imágenes de proveedores occidentales, filtradas o compradas, para alimentar su panóptico digital y poner en riesgo la vida de los soldados americanos.
El Pentágono mantiene un sano escepticismo sobre la capacidad real de estas empresas para vulnerar comunicaciones furtivas, la intención de Pekín es proyectar una imagen de omnisciencia digital para intimidar a Occidente. En la mentalidad colectivista de la China socialista, el individuo y la privacidad no existen; todo rastro digital es propiedad del Estado para ser usado como proyectil contra sus adversarios.