La dictadura cubana atraviesa una de las crisis económicas, sociales y energéticas más profundas desde 1959. Sus ciudadanos soportan apagones prolongados, escasez de alimentos, deterioro hospitalario, persecución política y una migración masiva que ha vaciado comunidades enteras. Sin embargo, la debilidad material del régimen no significa que haya desaparecido su influencia ideológica fuera de la isla.
La Revolución cubana nunca fue concebida exclusivamente como un proyecto nacional. Desde sus primeros años, Fidel Castro buscó convertir a Cuba en el centro político y simbólico de una transformación continental, capaz de disputar la influencia de Estados Unidos desde América Latina y de presentar al castrismo como modelo para movimientos revolucionarios, organizaciones estudiantiles y sectores radicales de izquierda.
Estados Unidos fue uno de los principales objetivos de esa estrategia. No porque La Habana pudiera derrotar militarmente a la mayor potencia mundial, sino porque comprendió que podía influir en sus debates internos, cultivar simpatizantes, explotar tensiones raciales y sociales, promover una narrativa favorable al régimen y reclutar colaboradores movidos por convicciones ideológicas.
La huella de esa estrategia sigue apareciendo décadas después en organizaciones, discursos y movimientos que presentan a Cuba como una víctima permanente del poder estadounidense, mientras minimizan o justifican la ausencia de elecciones libres, la existencia de presos políticos, la censura, el partido único y la represión sistemática contra la población cubana.
Cuba como modelo para la nueva izquierda estadounidense
El triunfo de Fidel Castro en 1959 tuvo un impacto inmediato sobre la izquierda internacional. Para numerosos jóvenes estadounidenses vinculados al movimiento contra la guerra de Vietnam, las luchas por los derechos civiles y las corrientes anticolonialistas, Cuba representaba la demostración de que una pequeña nación podía desafiar a Estados Unidos y transformar radicalmente su estructura política.
Historiadores que han estudiado los vínculos entre La Habana y la izquierda norteamericana coinciden en que Cuba se convirtió durante varias décadas en una de las principales influencias extranjeras sobre los movimientos radicales estadounidenses.
La relación no se limitó a una admiración distante. El aparato estatal cubano promovió activamente el contacto con activistas, intelectuales, estudiantes y organizaciones políticas. Conferencias internacionales celebradas en La Habana funcionaron como puntos de encuentro entre dirigentes cubanos y representantes de movimientos revolucionarios de África, Asia, América Latina y Estados Unidos.
En 1967, el dirigente afroamericano Stokely Carmichael participó en la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad celebrada en La Habana. Su presencia simbolizó la convergencia que el régimen intentaba construir entre la revolución socialista, el nacionalismo del llamado Tercer Mundo y las luchas raciales dentro de Estados Unidos.
La dictadura cubana entendió que las tensiones internas estadounidenses podían convertirse en una herramienta de propaganda contra Washington. Por ello, presentó su revolución como aliada natural de los movimientos afroamericanos, estudiantiles, feministas, pacifistas y anticapitalistas, aunque dentro de Cuba no permitía ninguna organización independiente que escapara del control del Partido Comunista.
Esa contradicción ha sido una constante del castrismo: promover en el extranjero libertades de protesta, organización y resistencia que niega de manera absoluta a los cubanos dentro de la isla.
Las Brigadas Venceremos y la construcción de una red política
Uno de los ejemplos más importantes de la influencia cubana fue la creación de la Brigada Venceremos en 1969. La organización nació dentro de la nueva izquierda estadounidense y comenzó a trasladar a miles de activistas hacia Cuba para participar en labores agrícolas, proyectos de construcción y actividades políticas.
Los viajes eran presentados como actos de solidaridad con el pueblo cubano y como una forma de desafiar las restricciones impuestas por Washington. Sin embargo, también ofrecían a La Habana una oportunidad privilegiada para acercarse a jóvenes políticamente comprometidos, exponerlos a una versión cuidadosamente organizada de la realidad cubana y convertirlos en defensores del régimen cuando regresaran a Estados Unidos.
Entre los participantes y sectores vinculados a estas iniciativas se encontraban activistas procedentes de Students for a Democratic Society, movimientos contra la guerra de Vietnam, organizaciones feministas, grupos puertorriqueños, chicanos y asiático-estadounidenses, así como figuras relacionadas con el Partido Pantera Negra.
Los visitantes conocían escuelas, hospitales, centros laborales y espacios seleccionados por las autoridades. Lo que rara vez podían observar era la vida de los presos políticos, la persecución contra periodistas independientes, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, la ausencia de sindicatos libres o el castigo contra quienes intentaban abandonar el país.
El régimen lograba así una victoria propagandística: personas provenientes de una sociedad democrática regresaban elogiando un sistema en el que los ciudadanos cubanos no podían elegir gobernantes, fundar partidos, organizar protestas ni publicar periódicos independientes.
Los Panteras Negras y la alianza revolucionaria
La relación entre Cuba y sectores del movimiento negro estadounidense fue uno de los componentes más visibles de la estrategia castrista.
La Habana presentó la lucha afroamericana como parte de una confrontación mundial contra el imperialismo y el capitalismo. Algunos dirigentes del Partido Pantera Negra vieron en Cuba un aliado político y un refugio frente a la persecución de las autoridades estadounidenses.
La conexión no significa que el régimen cubano haya creado el movimiento por los derechos civiles ni que todas las protestas raciales en Estados Unidos fueran dirigidas desde el extranjero. El racismo, la segregación y los abusos policiales eran realidades propias de la sociedad estadounidense. Sin embargo, Cuba trató de insertar esas luchas dentro de su narrativa revolucionaria y utilizarlas para proyectarse como defensora de los oprimidos.
Esa imagen internacional contrastaba con la evolución interna de la isla. Bajo el argumento de que la Revolución había eliminado el racismo, las autoridades desalentaron durante años el debate independiente sobre la discriminación racial en Cuba. Los activistas afrodescendientes que cuestionaron al Estado no fueron tratados como aliados de una causa emancipadora, sino como enemigos políticos.
La solidaridad promovida por La Habana siempre estuvo condicionada a una regla: las luchas eran legítimas cuando debilitaban a Estados Unidos, pero intolerables cuando cuestionaban al Partido Comunista cubano.
Refugio para fugitivos y protección política
El régimen cubano también convirtió el asilo político en una herramienta de confrontación con Washington.
Durante las décadas de 1960 y 1970, varios estadounidenses acusados o condenados por delitos violentos huyeron a Cuba. Algunos habían participado en secuestros de aeronaves, enfrentamientos armados o actividades relacionadas con organizaciones radicales.
Uno de los casos más conocidos es el de Assata Shakur, anteriormente llamada Joanne Chesimard, condenada en Estados Unidos por el asesinato de un policía estatal de Nueva Jersey. Tras escapar de prisión, recibió asilo en Cuba, donde ha permanecido durante décadas bajo la protección del régimen.
Para el castrismo, estas figuras eran presentadas como perseguidos políticos o combatientes contra el racismo. Para las autoridades estadounidenses, se trataba de fugitivos condenados por delitos graves.
Al ofrecer refugio a personas buscadas por la Justicia estadounidense, La Habana no actuaba únicamente por razones humanitarias: enviaba un desafío político directo a Washington y reforzaba su prestigio entre sectores radicales.
De la propaganda al espionaje: operaciones que sí fueron demostradas
El aspecto más grave de la actuación cubana en Estados Unidos no pertenece al terreno de la interpretación ideológica, sino al de la inteligencia y el espionaje.
El régimen desarrolló durante décadas una capacidad de penetración desproporcionada respecto al tamaño y los recursos económicos de la isla. Sus servicios de inteligencia demostraron habilidad para reclutar agentes motivados por razones ideológicas e introducirlos en instituciones sensibles de Estados Unidos.
El caso de Ana Belén Montes es uno de los ejemplos más contundentes. Montes llegó a convertirse en la principal analista sobre Cuba de la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos. Durante años entregó información clasificada a La Habana, reveló identidades de oficiales encubiertos y trató de influir en la interpretación que la comunidad de inteligencia hacía del régimen cubano.
No actuó principalmente por dinero. Su motivación fue ideológica. Ese dato resulta fundamental porque muestra uno de los métodos más eficaces utilizados por la inteligencia castrista: detectar a personas profundamente críticas con la política estadounidense, acercarse a ellas y transformar la afinidad política en colaboración clandestina.
Otro caso extraordinario fue el de Víctor Manuel Rocha, antiguo embajador estadounidense en Bolivia y funcionario con una extensa carrera diplomática. Rocha admitió haber trabajado durante décadas como agente clandestino de Cuba, incluso mientras ocupaba cargos dentro del Departamento de Estado y otras instituciones estadounidenses.
Ambos casos destruyen la idea de que las preocupaciones sobre las operaciones cubanas son simples fantasías de exiliados o vestigios de la Guerra Fría. La infiltración existió, alcanzó niveles muy altos y produjo daños reales a la seguridad nacional estadounidense.
El FBI continúa considerando a Cuba entre los países que realizan actividades hostiles de inteligencia, junto con potencias mucho mayores como Rusia, China e Irán. Estas actividades incluyen espionaje, operaciones de influencia, evasión de sanciones, represión transnacional y obtención ilegal de tecnología.
El Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos y la diplomacia de influencia
Una de las herramientas más persistentes de La Habana ha sido el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, conocido como ICAP.
Formalmente, su función consiste en fomentar la solidaridad entre Cuba y organizaciones extranjeras. En la práctica, ha servido para coordinar visitas, congresos, campañas contra las sanciones estadounidenses, brigadas internacionales y relaciones con partidos comunistas, sindicatos y organizaciones de izquierda.
El trabajo del ICAP ilustra la capacidad del régimen para moverse en una zona donde convergen la diplomacia pública, la propaganda y la construcción de redes políticas.
No toda persona que participa en una actividad organizada por el instituto es agente cubano, ni toda organización favorable al levantamiento de las sanciones actúa bajo órdenes de La Habana. Sería irresponsable afirmar algo semejante sin pruebas.
Pero también sería ingenuo ignorar que el régimen utiliza estas estructuras para identificar aliados, difundir su interpretación de la realidad y sostener una comunidad internacional dispuesta a defenderlo en universidades, medios, sindicatos y movimientos sociales.
La narrativa que elimina al pueblo cubano
La influencia más duradera del castrismo no se encuentra necesariamente en operaciones clandestinas, sino en el lenguaje con el que buena parte de la izquierda internacional interpreta a Cuba.
Durante décadas, el régimen consiguió imponer una narrativa en la que todos los fracasos económicos se atribuyen a Estados Unidos, toda protesta es presentada como una conspiración extranjera y cualquier sanción sirve para justificar la ausencia de libertades.
Las sanciones estadounidenses han afectado la economía cubana y forman parte legítima del debate político. Pero ninguna sanción obliga al régimen a prohibir partidos, perseguir periodistas, encarcelar manifestantes, impedir elecciones libres o controlar todos los medios nacionales.
La crisis cubana no puede explicarse únicamente por la presión exterior. También responde a un sistema centralizado que castiga la iniciativa privada, protege los monopolios militares, impide la rendición de cuentas y coloca la supervivencia de la élite gobernante por encima del bienestar de la población.
Sin embargo, numerosos activistas extranjeros hablan de Cuba como un símbolo abstracto y no como un país habitado por seres humanos. Defienden la “Revolución” mientras ignoran a los cubanos que exigen libertad. Condenan las sanciones, pero guardan silencio ante las condenas de prisión impuestas a manifestantes pacíficos. Exigen respeto a la soberanía cubana, pero rara vez reclaman que esa soberanía pertenezca al pueblo y no a un partido único.
El mayor éxito propagandístico del castrismo ha sido conseguir que muchos de sus simpatizantes defiendan al Estado cubano mientras dejan fuera de la conversación a los propios cubanos.
La izquierda contemporánea y la permanencia del mito
En la izquierda estadounidense actual persisten organizaciones que mantienen relaciones políticas y de solidaridad con el Gobierno cubano. Algunas defienden la normalización diplomática, otras exigen el levantamiento del embargo y varias presentan abiertamente al sistema cubano como una alternativa superior al capitalismo.
Es importante evitar simplificaciones. El Partido Demócrata, el movimiento progresista, los sindicatos, las organizaciones antirracistas y los grupos socialistas estadounidenses no constituyen una sola estructura ni responden a una dirección común. Criticar la política estadounidense hacia Cuba tampoco convierte automáticamente a una persona en colaboradora del régimen.
Pero una cosa es defender un cambio de política exterior y otra muy distinta repetir la propaganda de una dictadura.
Cuando organizaciones estadounidenses celebran el sistema cubano sin mencionar a sus presos políticos, cuando visitan la isla exclusivamente mediante itinerarios controlados por el Estado o cuando atribuyen cada protesta a una operación de Washington, terminan actuando como legitimadoras internacionales del régimen, independientemente de que exista o no una coordinación clandestina.
La influencia contemporánea de Cuba debe entenderse precisamente así: no como un gigantesco centro capaz de controlar cada protesta estadounidense, sino como un régimen experimentado en aprovechar causas legítimas, alianzas ideológicas y redes de solidaridad para proteger su imagen y atacar a sus adversarios.
El peligro de exagerar la amenaza
La existencia de operaciones cubanas documentadas no significa que cualquier movimiento radical en Estados Unidos sea una creación de La Habana.
Afirmar que Cuba dirige todos los disturbios, protestas o corrientes socialistas estadounidenses sería insostenible y, además, perjudicaría el análisis serio del problema. Las divisiones políticas de Estados Unidos tienen causas internas profundas: desigualdad, polarización, tensiones raciales, desconfianza institucional y radicalización digital.
El régimen cubano puede intentar explotar esas fracturas, pero no las inventó.
También debe recordarse que Washington desarrolló durante décadas operaciones encubiertas, propaganda y planes para derrocar al Gobierno cubano. La invasión de Bahía de Cochinos y otros programas clandestinos forman parte del contexto histórico y ayudan a explicar la mentalidad de confrontación permanente instalada entre ambos países.
Reconocer esos hechos no absuelve al castrismo. Por el contrario, permite formular una crítica más sólida: el régimen utilizó la hostilidad estadounidense para justificar una maquinaria represiva que terminó volviéndose contra su propia población.
La mejor respuesta a la propaganda de una dictadura no es otra propaganda. Es la verdad completa.
Una dictadura pobre con un aparato de influencia experimentado
Cuba ya no posee los recursos económicos ni la proyección militar que tuvo durante la Guerra Fría. Depende de aliados externos, enfrenta una infraestructura colapsada y ha perdido a millones de ciudadanos mediante la emigración.
Pero conserva instituciones formadas durante décadas para operar políticamente en el extranjero. Mantiene redes diplomáticas, organizaciones de solidaridad, contactos académicos, vínculos partidarios y una comunidad internacional que todavía interpreta al régimen desde la épica de 1959.
Esa capacidad no debe confundirse con omnipotencia. La dictadura cubana no controla la izquierda estadounidense ni determina por sí sola la evolución política de Estados Unidos. Sin embargo, sí ha demostrado que puede influir, reclutar, cultivar aliados y penetrar instituciones con una eficacia que no corresponde a su debilitada economía.
El caso cubano ofrece una lección más amplia: un régimen puede fracasar en proporcionar electricidad, alimentos y libertad a sus ciudadanos, y al mismo tiempo conservar una maquinaria internacional capaz de venderse como ejemplo moral.
La revolución que terminó convirtiéndose en una élite cerrada
La Revolución cubana prometió justicia, soberanía y dignidad. Más de seis décadas después, dejó un país gobernado por una élite que no se somete a elecciones competitivas, un aparato militar que controla sectores estratégicos de la economía y una población obligada a escoger entre el silencio, la cárcel o el exilio.
Su influencia sobre sectores de la izquierda estadounidense no debe medirse únicamente por el número de agentes reclutados o las organizaciones contactadas. Debe medirse también por la persistencia de una ficción: la idea de que una dictadura deja de ser dictadura cuando utiliza el lenguaje de la igualdad social.
El castrismo ha sobrevivido no solo por la represión interna, sino también porque durante décadas encontró defensores extranjeros dispuestos a juzgarlo por sus promesas y no por sus resultados.
Hoy, cuando los cubanos reclaman electricidad, alimentos, derechos y libertad, la obligación moral de cualquier movimiento que se considere progresista debería ser escuchar a las víctimas y no a sus verdugos.