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Lágrimas negras
AFP vía Getty Images

Lágrimas negras

Cuba llora en la oscuridad. El régimen agoniza. Y por primera vez en décadas, el exilio cree que esta vez sí va a pasar

Un artículo de Daniel Civantos

Miguel Matamoros escribió Lágrimas Negras en Santiago de Cuba en 1929. La cantaron Beny Moré, Ibrahim Ferrer, todos los grandes. La tararearon mujeres en balcones del Vedado mientras colgaban la ropa, pescadores en el Malecón esperando que picara algo, músicos callejeros en la Plaza Vieja que tocaban por amor y por el peso que alguien pudiera dejar caer en la funda del instrumento. Cuba siempre tuvo eso: la capacidad extraordinaria, casi sobrenatural, de convertir el dolor en canción. De llorar y bailar al mismo tiempo. De sufrir con una dignidad rítmica que desconcertaba al mundo.

Esa Cuba ya no existe. O si existe, está escondida en algún lugar tan profundo que nadie que visite la isla hoy puede encontrarla.

Tú sufres, yo sufro, lloramos los dos. Me lloras con lágrimas negras, negras como tu suerte,negras como el dolor...

Las calles vacías de la isla que siempre cantó

En los primeros días de mayo de 2026, un joven youtuber estadounidense llamado Nick Shirley llegó a La Habana con una misión sencilla: documentar la crisis humanitaria. Le confiscaron las cámaras en el aeropuerto. Le asignaron agentes de la Seguridad del Estado que lo siguieron durante las veinticuatro horas que estuvo en la isla. Grabó con el teléfono lo que pudo antes de planear su salida del país.

Lo que vio no era la Cuba que el régimen muestra en sus folletos ni la que los nostálgicos del socialismo europeo recuerdan de sus viajes de los años noventa. Shirley describió calles vacías, edificios convertidos en escombros, basura quemada en las calles por falta de medios para recolectarla, y una población sumida en la desesperanza. "No esperaba ver a latinos tan deprimidos... no había vida en los ojos de mucha de esa gente", afirmó.

Esa frase —no había vida en los ojos— merece un momento de silencio. No la dijo un disidente, ni un político de Miami, ni un analista de Washington. La dijo alguien que llegó sin agenda previa y encontró algo que no esperaba encontrar en el país que durante décadas exportó alegría al mundo. La misma isla que dio al mundo el son, el danzón, el mambo, el cha-cha-chá. La misma isla cuya música sigue sonando en los bares de todo el planeta mientras sus propios creadores no tienen qué comer.

El apagón que nunca termina

Para entender el estado de ánimo del cubano de 2026 hay que entender primero lo que significa vivir sin luz. No un corte de dos horas como los que desesperan a los sudafricanos o los argentinos. Desde el 8 de diciembre de 2025 hasta finales de abril de 2026, Cuba recibió un solo barco de combustible, cuando necesita ocho al mes para sostener su economía y generación eléctrica. El déficit récord fue de 2.174 megavatios el 14 de mayo, y los cubanos acumulan semanas de apagones de hasta veinte horas diarias sin perspectiva de solución a corto plazo.

Veinte horas al día sin luz. En un país caribeño, con calor, sin nevera, sin ventilador, sin agua —porque las bombas de agua son eléctricas— y sin internet. Un taxista le contó a Shirley que su número en la cola para obtener gasolina del gobierno era el 1.200. En el mercado negro, el litro cuesta diez dólares, unos cuarenta dólares por galón. Los salarios mensuales son de catorce dólares. Una persona le dijo que no había comido huevos en un año.

Catorce dólares al mes. El coste de un piso de alquiler en Madrid es el salario de un médico cubano durante seis años.

El coste de la vida en Cuba alcanza los 40.000 pesos, casi siete veces el salario promedio, lo cual significa que el 89% de la población cubana vive en situación de indigencia según los estándares internacionales. Miles de familias enfrentan escasez prolongada de gas licuado y agua potable, viéndose obligadas a cocinar con leña, carbón e incluso aserrín.

Con aserrín. En el siglo XXI. En una isla que tiene sol todo el año y treinta kilómetros de playa en cualquier dirección.

El colapso del eje que lo sostenía todo

Cuba sobrevivió el derrumbe de la Unión Soviética. Lo llamaron el Período Especial y fue una agonía de años en la que la gente perdió quince kilos de media, los bueyes volvieron a los campos y La Habana se llenó de bicicletas chinas. Sobrevivieron porque Fidel Castro tenía la voluntad de hierro de un fanático y porque la población todavía tenía reservas de resistencia que el miedo y la represión no habían agotado del todo.

Lo que no podían prever entonces es que treinta años después, la tabla de salvación sería Venezuela, y que Venezuela también caería.

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales estadounidenses el 3 de enero de 2026 fue, según el analista Charles Larratt-Smith, el primer eslabón de una estrategia diseñada para desmantelar el régimen cubano. "La cooptación del régimen venezolano es un medio para desmantelar el régimen de Cuba", dijo. Sin el petróleo venezolano que sostenía la economía de la isla desde los tiempos de Chávez, Cuba quedó energéticamente desnuda. El donativo de cien mil toneladas de crudo ruso que llegó en los primeros meses del año se agotó en mayo. La fractura definitiva del eje Caracas-La Habana ha dejado al descubierto la extrema vulnerabilidad de un modelo que, durante décadas, logró cierta sostenibilidad energética y financiera a través de alianzas ideológicas hoy desmanteladas.

China y Rusia observan. Pero ninguno de los dos está dispuesto a sostener indefinidamente a un régimen que no les genera beneficios estratégicos suficientes para asumir el coste político de respaldarlo frente a Washington. El PIB cubano ha caído un 23% desde 2019, con una proyección de -7,2% para 2026. No hay economía que resista eso. No hay régimen que sobreviva eso indefinidamente, por mucho aparato represivo que tenga.

Díaz-Canel en el búnker

La respuesta del régimen a la presión americana ha seguido un patrón revelador. Primero, la retórica belicista de siempre: Díaz-Canel llamó a la población a prepararse para una "guerra de toda la nación" contra el imperialismo americano. Organizó manifestaciones de apoyo que nadie que ha visto las calles de Cuba en estos meses se cree demasiado. Apeló a la memoria del Período Especial como prueba de que Cuba puede resistir cualquier cosa.

Luego, cuando los apagones se hicieron insoportables, el 6 de febrero su retórica se suavizó bruscamente, declarando que "Cuba está lista para dialogar con Washington sobre cualquier tema sin prerrequisitos." El mismo hombre que días antes llamaba al pueblo a las armas pedía conversación sin condiciones. No fue un giro ideológico. Fue el gesto del hombre que mira el contador de combustible en cero y llama a quien tiene la gasolina.

Washington no respondió con entusiasmo. Desde enero de 2026, la administración Trump ha impuesto más de 240 sanciones contra el régimen cubano y ha cortado el suministro de petróleo, agravando la ya severa crisis energética y económica que sufre la isla. La estrategia es la que el entonces subsecretario de Estado Lester Mallory describió en un memorando en 1960: hacer que la situación sea tan insostenible que el pueblo, o las propias élites del régimen, fuercen el cambio desde dentro. Sesenta y seis años después, esa estrategia por fin parece estar mordiendo.

El hombre del exilio que mira desde Washington

Hay una razón por la que la comunidad cubana de Miami lleva meses pronunciando el nombre de Marco Rubio con una reverencia que no habían tenido con ningún político americano en décadas. El secretario de Estado es hijo de inmigrantes cubanos, conoce de cerca la realidad del pueblo cubano, y ocupa el tercer puesto más importante de la potencia más poderosa del mundo.

Rubio ha dibujado públicamente un escenario para una "nueva Cuba": sin control militar, con elecciones multipartidistas, con una nueva relación con Washington condicionada a reformas democráticas verificables. Ha calificado al régimen de "Estado fallido" y mantiene una línea de máxima presión. En el Día de la Independencia de Cuba, difundió un vídeo en español dirigido directamente al pueblo de la isla. No al régimen. Al pueblo.

Los cubanos dentro y fuera de la isla lo están mirando. Le están pidiendo, desde las colas interminables por comida, desde los apagones que ya no son excepción sino norma, desde el exilio que sangra por la separación de sus familias, que no los decepcione. Que no negocie su futuro a cambio de migajas. Que sea valiente.

La diferencia con administraciones anteriores no radica en nuevas leyes, sino en la voluntad de cumplirlas. Se están aplicando las leyes que siempre han existido, pero que administraciones anteriores ignoraban al pie de la letra. Obama intentó el deshielo y el régimen lo usó para respirar sin ceder nada. Biden lo repitió con el mismo resultado. Rubio conoce esa historia mejor que nadie. No tiene intención de repetirla.

Antes de noviembre

El calendario político americano no es irrelevante para lo que ocurre en Cuba. La comunidad cubanoamericana de Florida advirtió a la Casa Blanca que cualquier resultado que no sea un cambio de régimen podría costarle apoyo político a Trump en el sur del estado. Las midterms de noviembre de 2026 se acercan. Florida sigue siendo el estado bisagra que ningún republicano puede permitirse perder. Y el exilio cubano, que vota en bloque con una disciplina que pocas comunidades en América igualan, quiere resultados antes de que llegue el día de las urnas.

"Nunca hemos estado tan cerca de ver un cambio y que este régimen sea expulsado", declaró el congresista Carlos Giménez en una entrevista reciente, asegurando que existe "mucha esperanza" dentro de la isla. "Va a pasar", añadió, enviando el mensaje directamente a los cubanos. El director de Estrategia del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, Yaxys Cires, considera difícil que Cuba llegue a 2027 "con una estructura política y económica similar a la actual."

Puede que tengan razón. Puede que sea otra promesa que se queda en el aire, como tantas otras que el exilio cubano ha escuchado en sesenta y seis años de espera. La historia de Cuba está llena de momentos en los que el colapso parecía inminente y el régimen encontró la manera de sobrevivir un año más, cinco años más, diez años más. Fidel Castro sobrevivió a diez presidentes americanos y nueve directores de la CIA que juraron que sería el último año del castrismo.

Pero hay algo diferente esta vez. La diferencia no es solo la presión americana. Es la suma de todos los factores simultáneamente: sin petróleo venezolano, sin capacidad eléctrica, sin reservas alimentarias, sin un Fidel que pueda transformar el sufrimiento en epopeya con un discurso de ocho horas, y con una población que ha perdido el miedo de una manera que los analistas empiezan a documentar con creciente atención. 

Epílogo: cuando se apaga la música

Hay una imagen que resume todo. En La Habana de 2026, cuando cae la noche, no hay luz. En los balcones donde antes sonaba el son, no hay música. En las esquinas donde los viejos jugaban dominó hasta las doce, no hay nadie. La oscuridad no es solo eléctrica. Es el silencio de un pueblo que ha llorado tanto que ya no le quedan lágrimas de las de colores.

Solo las negras. Negras como la noche de veinte horas de apagón. Negras como el aserrín con el que cocinan. Negras como los ojos sin vida que vio Nick Shirley en las calles de La Habana. Negras como los sesenta y seis años de una revolución que prometió el paraíso y entregó el infierno.

Matamoros escribió que las lágrimas negras son las del amor imposible. Las del que sufre callado. Las del que llora sin que nadie lo vea. Cuba lleva décadas llorando así, en silencio, en la oscuridad, esperando que alguien al otro lado del estrecho de Florida decida que ya es suficiente.

Por primera vez en mucho tiempo, hay alguien en Washington que parece haber tomado esa decisión. El pueblo cubano, que ha demostrado su valentía saliendo a las calles a gritar libertad sabiendo que el precio era la cárcel, aguarda ahora con la mezcla de esperanza y cautela de quien ya fue traicionado demasiadas veces.

Antes de noviembre, dicen los congresistas en Washington. Antes de noviembre, repiten en voz baja en las casas del exilio en Miami. Antes de noviembre, susurran aquellos que en la oscuridad de un apagón en La Habana siguen buscando en sus teléfonos, con la poca señal que les llega, alguna noticia que les diga que esta vez sí. Que esta vez es diferente. Que esta vez el llanto va a terminar.

Y que las lágrimas, finalmente, van a ser de otro color.

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