Entre la noche del viernes y la mañana de este 21 de marzo, Rusia ejecutó un ataque masivo con 154 drones suicidas y 11 misiles balísticos, dirigidos contra el sistema eléctrico ucraniano. Aunque la defensa antiaérea logró con eficiencia derribar 148 dispositivos, los impactos registrados en cuatro ubicaciones críticas han sido suficientes para dejar a la ciudad de Chernígov y a la región de Nizhyn completamente sin suministro eléctrico. En pleno invierno, cientos de miles de civiles han quedado despojados de calefacción y luz.
Este ataque es un chantaje geopolítico descarado. El momento de la ofensiva ocurre mientras la Administración de Donald Trump intensifica los esfuerzos diplomáticos para poner fin a las hostilidades antes de junio. Al apagar ciudades enteras, Moscú busca quebrar la moral de la población civil y debilitar la posición del presidente Volodímir Zelenski en la mesa de negociaciones. Es una táctica propia del Kremlin, que siempre busca bombardear hospitales y subestaciones eléctricas mientras se finge buscar la paz en los despachos de Washington.
“Chernígov ha quedado completamente sin suministro eléctrico como consecuencia de los ataques de la Federación de Rusia contra la infraestructura energética”, confirmó el Ayuntamiento.

La combinación de drones iraníes Shahed con los nuevos modelos rusos Gerbera e Italmas busca saturar los radares ucranianos mediante el volumen, permitiendo que al menos un puñado de proyectiles alcance los transformadores de alta tensión. Además del apagón total en el norte, se reportaron incendios en edificios residenciales de Odesa y daños severos en la infraestructura de Járkov. Rusia no está intentando ganar territorio en el frente; está intentando hacer inhabitable el país para forzar una capitulación por hambre y frío.