Pedro Sánchez vuelve a poner rumbo a Oriente en una maniobra que confirma su absoluta dependencia de las potencias de izquierda para sostener su proyecto político. Del 11 al 15 de abril, el jefe del Ejecutivo se refugiará en Pekín con una agenda de "alto nivel" cuyo objetivo real es captar inversiones estatales chinas bajo cualquier precio. Mientras la economía española sufre las consecuencias de una gestión intervencionista, Sánchez acude al Gran Palacio del Pueblo para ofrecer a España como el "socio preferente" de la dictadura de Xi Jinping dentro de la Unión Europea.
La visita se produce en un momento de extrema debilidad para el mandatario español, quien viaja acompañado por su mujer, Begoña Gómez, en medio del escándalo judicial que rodea a su entorno por el 'caso mascarillas'. Este refugio diplomático en China busca proyectar una imagen de solvencia económica que la realidad nacional desmiente. Al centrar su búsqueda de capital en el sector tecnológico y de automoción controlado por el Partido Comunista Chino, Sánchez pone en riesgo la soberanía estratégica de España a cambio de una inyección de fondos que maquille las cifras de su mandato.
“Pekín está dispuesto a aprovechar la visita para profundizar la confianza política mutua y ampliar la cooperación en distintos ámbitos”, celebró la portavoz china Mao Ning, ante la docilidad del Gobierno español.
El servilismo hacia Pekín no solo es económico, sino también ideológico. Sánchez ha aprovechado la víspera de su viaje para cuestionar la firmeza de democracias occidentales como la de Donald Trump, calificando de "incendiarios" a quienes luchan contra el terrorismo islámico, mientras alaba la "voluntad de paz" del régimen de Xi. Esta equidistancia moral pretende congraciarse con los jerarcas chinos, con quienes el líder socialista mantiene una "estrecha relación" desde 2018, posicionándose como el caballo de Troya de los intereses asiáticos en el seno de la Comisión Europea.

La comitiva, de la que forma parte el ministro José Manuel Albares, mantendrá encuentros con el primer ministro Li Qiang y otros altos cargos del aparato comunista para "intercambiar puntos de vista en profundidad". Sin embargo, detrás del lenguaje diplomático se esconde la urgencia de un Ejecutivo que ha perdido el norte en política exterior, alejándose de sus aliados tradicionales para abrazar un multilateralismo que solo beneficia a las tiranías. Sánchez confía en que el capital rojo sirva de salvavidas para una legislatura asfixiada por la falta de apoyos reales y la inestabilidad.
Tras esta cuarta visita en apenas cuatro años, queda claro que Sánchez ha elegido su bando en el nuevo tablero geopolítico. Mientras las potencias libres del mundo cierran filas para proteger sus mercados de la competencia desleal y el espionaje del gigante asiático, el Palacio de la Moncloa abre las puertas de par en par a las inversiones de Xi Jinping.