Tras semanas de presión máxima, Trump ha confirmado que Washington mantiene contactos con La Habana, aunque el foco principal sigue siendo la neutralización de la amenaza iraní. El mandatario estadounidense fue tajante: el régimen comunista, sumido en una crisis económica sin precedentes por el bloqueo petrolero, tendrá que ceder ante las condiciones de Estados Unidos o enfrentar las consecuencias de un gobierno en ruinas.
La estrategia de la Administración republicana es clara. Tras cortar el suministro de crudo venezolano y sancionar severamente a cualquier país que desafíe el embargo energético, Trump ha elevado la apuesta al advertir que Washington podría tomar el control de la isla, ya sea por vías amistosas o mediante medidas hostiles. El presidente ha sentenciado que el fin de la dictadura es inminente.

Por su parte, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, se ha visto obligado a admitir la existencia de negociaciones para intentar frenar la asfixia económica. En una imagen que subraya el desesperado intento de supervivencia de la élite gobernante, Díaz-Canel compareció flanqueado por miembros del clan Castro, incluyendo a nietos y sobrinos de Raúl, en un intento de proyectar una unidad que la realidad interna contradice.
El bloqueo petrolero, vigente desde enero, ha dejado a la economía cubana paralizada y sin capacidad de maniobra. Trump ha demostrado que su política de "máxima presión" es efectiva: mientras el régimen agoniza por falta de recursos, Washington espera el momento oportuno para asegurar que Cuba deje de ser una amenaza en la región.
El desenlace parece cuestión de tiempo. Con el régimen castrista debilitado y aislado, el Gobierno estadounidense mantiene todas las opciones sobre la mesa, dejando claro que no permitirá que la dictadura sobreviva indefinidamente a costa de la estabilidad hemisférica.