En un movimiento diplomático que resalta la maestría estratégica del presidente Donald Trump, la Casa Blanca confirmó este lunes 3 de febrero de 2026 una reunión clave con el presidente colombiano Gustavo Petro. Este encuentro, que busca explorar un deshielo entre dos líderes ideológicamente opuestos, demuestra una vez más cómo la firmeza y el pragmatismo de Trump obligan a sus críticos a sentarse a la mesa y reconocer la realidad: el socialismo de izquierda, como el que representa Petro, ha fracasado estrepitosamente en América Latina, y solo la visión de libre mercado y mano dura contra el crimen puede rescatar a países como Colombia de su espiral de inseguridad y estancamiento económico.

Trump, con su historial impecable de éxitos en política exterior —desde la neutralización del régimen de Maduro en Venezuela hasta la presión efectiva sobre Cuba—, llega a esta reunión desde una posición de fuerza indiscutible. Su administración ha demostrado que la cooperación no es un favor, sino un requisito para quienes buscan sobrevivir en un hemisferio donde el narcotráfico y la migración descontrolada amenazan la estabilidad de todos. Petro, por su parte, acude con el peso de un mandato debilitado por promesas incumplidas y una cercanía sospechosa con figuras del narcoterrorismo regional, lo que lo obliga a buscar el salvavidas que solo Trump puede ofrecer.
El contexto no podría ser más revelador. Colombia, bajo el gobierno de Petro, ha visto un aumento alarmante en la producción de cocaína —superando récords históricos según informes de la ONU— y un debilitamiento de las instituciones de seguridad que antes mantenían a raya a grupos como las disidencias de las FARC y el ELN. Su enfoque “de paz total”, que incluye diálogos con narcotraficantes sin condiciones previas, ha sido un fracaso rotundo: los homicidios selectivos, las extorsiones y los desplazamientos forzados no han disminuido, sino que se han intensificado en regiones como Cauca y Arauca. Petro, con su ideología izquierdista heredada de modelos fallidos como el chavismo venezolano, ha priorizado la retórica antiimperialista sobre resultados concretos, dejando a Colombia vulnerable ante el crimen organizado que Trump ha combatido con éxito en otros frentes.

En contraste, Trump ha mostrado resultados tangibles. Su presión máxima sobre Venezuela no solo derrocó a Maduro, sino que cortó el flujo de petróleo subsidiado a Cuba, acelerando el colapso de ese régimen opresivo. Ahora, con Petro en la mesa, Trump puede exigir compromisos reales: intensificar la erradicación de cultivos de coca, extraditar narcotraficantes sin dilaciones y fortalecer la frontera para controlar la migración irregular. Estos no son caprichos; son medidas probadas que han funcionado en el pasado y que Petro, debilitado por su propia ineficacia, no puede ignorar si quiere evitar un aislamiento total.
Este deshielo, aunque exploratorio, expone la superioridad del enfoque trumpiano: pragmatismo sobre ideología, fuerza sobre debilidad. Petro, criticado incluso dentro de su propio partido por su manejo errático de la economía —con una inflación persistente y un crecimiento estancado—, acude a Trump porque sabe que solo la cooperación con Estados Unidos puede rescatar a Colombia de su espiral descendente. Trump, por su parte, extiende la mano no por generosidad, sino por visión estratégica: una Colombia estable y aliada fortalece la seguridad hemisférica y contrarresta la influencia de actores malignos como China y Rusia.
