La cuarta visita de Sánchez a China en apenas cuatro años ha servido para consolidar un "diálogo estratégico" que sitúa a España como el eslabón más débil y complaciente de la Unión Europea frente a la hegemonía comunista. En el Gran Palacio del Pueblo, Sánchez adoptó el lenguaje propagandístico de su anfitrión, lamentando que el derecho internacional sea "socavado" y pidiendo una "renovación" del sistema multilateral. Esta terminología no es otra cosa que un respaldo implícito a la agenda de Pekín para desmantelar la influencia de Estados Unidos y las democracias liberales en el tablero global.

Durante la reunión, Xi Jinping elogió la "determinación estratégica" del presidente español, destacando la coincidencia de posturas en conflictos de alta sensibilidad como el de Irán. Esta alineación resulta especialmente inquietante en un momento en que el régimen de Teherán amenaza la estabilidad energética mundial. Que el jefe de un Gobierno europeo reciba el beneplácito de una potencia que apoya activamente a regímenes disruptivos es una traición a los valores atlánticos y una claudicación ante un modelo de orden mundial basado en el control estatal y la ausencia de derechos civiles.
“Tanto China como España tenemos principios y abogamos por la justicia, y estamos dispuestos a estar del lado correcto de la historia”, afirmó Xi Jinping, apropiándose de conceptos éticos ante un Sánchez receptivo.
La estancia de Sánchez en Pekín, acompañado por su esposa Begoña Gómez y el ministro Albares, se ha desarrollado entre gestos de cordialidad que contrastan con la creciente cautela del resto de socios europeos. El presidente español insistió en que España debe facilitar un vínculo "más sólido" entre China y la Unión Europea, actuando como un puente que solo beneficia la entrada de capital y tecnología controlada por el Estado chino en sectores críticos del continente. Esta política de "puertas abiertas" ignora las advertencias de los servicios de inteligencia occidentales sobre los riesgos de dependencia y espionaje.
La insistencia de Sánchez en ser "valiente" y "predecible" ante Xi Jinping es una señal de debilidad institucional. Mientras las potencias democráticas exigen reciprocidad comercial y respeto a la propiedad intelectual, el Gobierno español parece priorizar el alivio de tensiones arancelarias momentáneas a cambio de una subordinación geopolítica a largo plazo.