Miles de migrantes de Asia Central son obligados a combatir en Ucrania bajo amenazas y condiciones extremas, según denuncian organismos internacionales. La expectativa de vida para estos combatientes apenas supera los cuatro meses debido a la falta de equipo adecuado. El Kremlin utiliza a esta población vulnerable para reforzar sus filas militares ante las bajas catastróficas.

El caso de Hushruzjon Salohidinov expone el mecanismo de presión estatal mediante detenciones por delitos no probados en San Petersburgo. Tras pasar meses en prisión, recibió amenazas de abusos si no se ofrecía como "voluntario" a cambio de una supuesta amnistía. Sin alternativas reales, terminó firmando un contrato militar para evitar represalias violentas dentro de la cárcel.
«Me alegro de haber sido capturado. Ya no estoy peleando ni arriesgando mi vida».
El patrón de reclutamiento se repite con ciudadanos de Tayikistán y Uzbekistán, interceptados por supuestas irregularidades migratorias. Las autoridades rusas ofrecen el alistamiento como única vía para evitar la deportación o condenas de prisión prolongadas. En muchos casos, los contratos se firman bajo tortura o engaños deliberados sobre las funciones reales en el frente.
Rusia aprovecha su dependencia de la mano de obra extranjera para convertir a los migrantes en blancos fáciles de la movilización. Funcionarios rusos admitieron que decenas de miles de personas nacionalizadas recientemente fueron enviadas a zonas de combate durante el último año. Esta política sistemática busca compensar la baja natalidad y el rechazo social a nuevas levas de ciudadanos rusos.

Los testimonios describen un entrenamiento caótico de apenas tres semanas con equipamiento deficiente que los propios soldados deben costear. En regiones como Luhansk, los reclutas reciben órdenes suicidas de avanzar a campo abierto bajo fuego constante de drones. Muchos deciden entregarse a las fuerzas ucranianas al notar que son utilizados como carne de cañón en maniobras arriesgadas.
Quienes logran rendirse manifiestan alivio por escapar de una muerte segura en el bando ruso, donde las condiciones son inhumanas. Sin embargo, el mayor temor de estos prisioneros es ser devueltos a Moscú en intercambios oficiales, lo que implicaría un retorno inmediato a la guerra. La incertidumbre sobre su estatus legal complica su deseo de regresar a sus naciones.
La maquinaria de guerra del Kremlin continúa alimentándose de los sectores más vulnerables para sostener la invasión en territorio ucraniano. Esta política de coacción refleja la necesidad de un sistema que sacrifica vidas extranjeras para mantener su capacidad operativa. Organizaciones internacionales exigen medidas urgentes para frenar estas violaciones sistemáticas a los derechos humanos de los residentes.