El Sol ha protagonizado un inicio de fin de semana extremadamente volátil. Entre la noche del jueves 23 de abril y la madrugada del viernes 24 de abril, nuestra estrella desató dos poderosas llamaradas de clase X (la categoría más alta de intensidad) con apenas siete horas de diferencia. Las explosiones, que fueron captadas en tiempo real por el Observatorio de Dinámica Solar (SDO) de la NASA, provocaron apagones de radio de alta frecuencia en la cara iluminada de la Tierra, afectando principalmente al Océano Pacífico, Australia y el este de Asia.
La primera erupción, clasificada como X2.4, alcanzó su punto máximo a las 9:07 p. m. ET del 23 de abril. Tan solo siete horas después, a las 4:13 a. m. ET del 24 de abril, una segunda llamarada aún más potente, de magnitud X2.5, emanó de la misma región activa del Sol. Estas llamaradas solares son liberaciones masivas de radiación electromagnética que viajan a la velocidad de la luz, impactando la atmósfera superior de nuestro planeta en cuestión de minutos y alterando las señales de navegación y comunicaciones por radio.

“El Sol ha emitido dos fuertes llamaradas solares. Estas explosiones de energía tienen el potencial de causar estragos en las redes eléctricas y suponer riesgos para las naves espaciales y los astronautas”, advirtió la NASA en un comunicado oficial tras publicar las imágenes procesadas en luz ultravioleta extrema.
Ambas erupciones se originaron en la región de manchas solares AR4419, situada actualmente en el borde occidental del disco solar. Debido a esta ubicación periférica, los físicos solares consideran que la mayor parte de las eyecciones de masa coronal (CME) (nubes de plasma y campo magnético) que acompañaron a las llamaradas se dirigen lejos de la Tierra. No obstante, los meteorólogos espaciales no descartan un "impacto tangencial" que podría rozar nuestra magnetosfera en los próximos dos días.
Si estas partículas cargadas llegan a interactuar con el campo magnético terrestre, se podrían desencadenar tormentas geomagnéticas de nivel moderado. Esto no solo podría generar inestabilidad en algunos sistemas de navegación satelital, sino que también ofrecería un espectáculo visual único: la aparición de auroras boreales en latitudes inusualmente bajas. Según el físico solar Ryan French, este par de eventos son los más intensos registrados en los últimos 78 días, marcando un repunte significativo en el Ciclo Solar 25.