Altos funcionarios de China y Estados Unidos celebrarán conversaciones clave en Corea del Sur la próxima semana con el fin de coordinar los temas económicos que marcarán la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping. El Ministerio de Comercio chino confirmó que el viceprimer ministro He Lifeng asistirá a consultas en Seúl durante el martes y miércoles, mientras que el secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent precisó que hará una escala en la capital coreana antes de continuar hacia Beijing
La cumbre presidencial prevista inicialmente para los días 14 y 15 de mayo tiene como objetivo principal la reducción de tensiones en áreas críticas como el comercio y la tecnología. Se espera que Trump y Xi aborden la situación de las cadenas de suministro y el equilibrio de la balanza comercial, temas que han mantenido a las dos potencias en una disputa constante.

El tema más delicado de la agenda será sin duda la situación de Taiwán. El secretario de Estado Marco Rubio ya ha anticipado que la situación de la isla será un eje central de las conversaciones, subrayando que ambas potencias son conscientes de que cualquier evento desestabilizador en la región sería perjudicial.
Desde Taipéi, el jefe de la Oficina de Seguridad Nacional Tsai Ming-yen advirtió que Beijing podría intentar maniobras diplomáticas para alterar el statu quo. A pesar de las presiones del régimen chino, Estados Unidos ha reiterado que su política de apoyo y suministro de armas a la isla no ha cambiado ante las ambiciones del Partido Comunista Chino.
La relación entre Washington y Beijing es descrita por los expertos como una "estabilidad frágil" donde los avances comerciales suelen verse ensombrecidos por la desconfianza mutua en temas de seguridad nacional. Tras la tregua pactada el año pasado en Corea del Sur, ambos países han intentado evitar una guerra comercial total, pero los temas controvertidos como la purga en la cúpula militar de Xi Jinping y el espionaje tecnológico siguen dificultando un entendimiento duradero.
Por su parte, el régimen de Beijing mantiene su postura inflexible sobre Taiwán al considerarla una parte inalienable de su territorio y sin descartar el uso de la fuerza para su control. Esta retórica choca directamente con la visión de Taipéi que sostiene que el futuro de la isla debe ser decidido únicamente por sus 23 millones de habitantes.